“Vengo de un avión que cayó en las montañas…”. Hace 40 años

Vengo de un avión que cayó en las montañas. Soy uruguayo. Hace diez días estamos caminando. Tengo un amigo herido arriba. En el avión quedan 14 personas heridas. Tenemos que salir rápido de aquí. No sabemos cómo. No tenemos comida. Estamos débiles. ¿Cuándo nos van a buscar arriba? Por favor no podemos ni caminar. ¿Dónde estamos?

Aquella tarde del miércoles 20 de diciembre de 1972 el ganadero Sergio Catalán Martínez transitaba en su caballo por el potrero La Loma en el bajo El Durazno, sector de la cordillera conocida con el nombre de “El Perejil”, a orillas del río Azufre, afluente del Tinguiririca, cuando de improviso sintió gritos que provenían de la ribera opuesta del río.

Sergio Catalán
Sergio Catalán

Dos hombres a los cuales no conocía, gesticulaban y hacían señas, pero sus voces eran distorsionadas por el bravo rumor de la corriente. Más tarde Catalán recordaba que uno de ellos se arrodilló implorando ayuda. A pesar de que estaban al otro lado del río observó que eran jóvenes y que se veían “bastante maltrechos, harapientos”, como diría en algunas entrevistas. A gritos les manifestó que al otro día los iría a ver, que no tenía problemas para regresar, que trataran de dormir esa noche bajo los árboles.

Catalán continuó su marcha, pero durante la noche se quedó pensando en que había algo raro en el comportamiento de esos individuos, a pesar de que en un primer momento pensó que se trataría de guerrilleros o de una broma; sin embargo, no cualquier persona podía estar en ese sector, muy lejos de la civilización y menos en las condiciones en que ellos parecían encontrarse.

Al otro día, alrededor de las nueve de la mañana regresó al lugar. Ahí permanecían los jóvenes, barbudos, melenudos, mal vestidos, quienes le hicieron señas solicitando auxilio. Catalán sacó un lápiz y en papel les escribió lo siguiente:

“Ba a venir luego un hombre a verlo que le fui a decir, contésteme que quiere  (Fdo.) Sergio C.”     

Se acercó al río y atando lápiz y papel con una piedra la lanzó a los desconocidos. Uno de ellos escribió una nota y luego lápiz y papel volaron de regreso al ganadero.

A pesar de su formación básica, Catalán comprendió desde el primer momento que estaba ante un formal pedido de socorro por parte de aquellos muchachos que estaban a una veintena de metros más allá. En sus manos curtidas por el frio cordillerano y el continuo bregar con las riendas de su caballo se encontraba ese papel ajado, doblado, casi sucio que había andado en sus bolsillos durante mucho tiempo, tal vez para anotar datos de su ganado, pero que ahora contenía la clave para resolver uno de los accidentes aéreos más enigmáticos acontecidos en ese vasto sector cordillerano. Poco a poco fue leyendo:

“Vengo de un avión que cayó en las montañas…”

Fernando Parrado
Fernando Parrado

No bien termina de leer la nota, hace señas indicando que va a buscar ayuda y al galope de su caballo se dirige a su casa de Los Negros, en el valle de Los Maitenes, donde dispone lo necesario para que sus hombres concurran a prestar ayuda y llevarlos hasta ese lugar. Entretanto él se dirige a matacaballo hasta El Azufre, por donde pasa la ruta internacional, allí logra que un camión lo lleve al retén de Carabineros de Puente Negro, lugar donde arriba a las 13:30 horas.

Cuando el jefe de retén se enteró del contenido de la nota y del relato que le hacía ese nervioso ganadero sobre la presencia de los desconocidos en su sector, el papel comenzó virtualmente a quemarle las manos y de inmediato se dirigió en jeep hasta San Fernando, donde se informó oficialmente al Intendente de la situación. Entretanto una patrulla de Carabineros al mando del capitán Leopoldo Vega Courbis iniciaba un rápido desplazamiento montado hasta el lugar en que se encontraban los sobrevivientes de la tragedia aérea del FAU 571, los que resultaron ser Fernando Parrado y Roberto Canessa, quienes habían caminado durante diez días hasta ese lugar para pedir auxilio para sus camaradas en la cordillera.

Entretanto, el arriero Juan Farfán, acompañado de dos hombres montados habían logrado ayudar a cruzar el río Azufre a los desfallecidos caminantes y los habían llevado a unos veinte kilómetros más abajo, a la casa de Catalán donde les dieron los primeros alimentos: leche en abundancia, pan y queso fresco, además de un contundente plato de porotos que los hambrientos muchachos comieron con avidez.

En las últimas horas del día, pasadas las 22:00 horas, la patrulla de Carabineros llegaba al lugar donde el practicante Vicente Espinoza, asistente médico de esa institución, les efectúa el primer examen auscultándolos visualmente.

Es en esa oportunidad, en que de inmediato el profesional se percata de la entereza física y moral de los dos personajes, quienes habiendo perdido alrededor de veinte kilos de peso debieran presentar un estado anímico muy deteriorado, por lo que empiezan a surgir las interrogantes sobre la forma en que se alimentaron durante esos duros setenta días.

En el interior del fuselaje
En el interior del fuselaje

A las 19:00 horas, luego de una gran incertidumbre el Intendente de Colchagua Guillermo Sepúlveda, luego de que Carabineros le diera pruebas de que el ganadero Catalán era una persona en la que se podía confiar y que el mensaje tenía visos de autenticidad, procedió a lanzar al mundo la feliz nueva del hallazgo de los sobrevivientes del Fairchild Nº 571 de la FAU.

De inmediato el asedio periodístico no cesó en la Intendencia, Carabineros, el Hospital, el Regimiento, la radio y toda oficina pública que tuviera algo que ver con este delicado asunto. La central telefónica de la ciudad no daba abasto recibiendo llamados desde todas partes del mundo, las radios y la televisión transmitían “flashes” a cada instante con las últimas noticias sobre el tema, tratando de mantener cautiva la audiencia que a su vez a cada instante requería mayor información.

Entre los familiares de los desaparecidos deportistas nunca se terminó por abandonar la búsqueda de sus parientes. Padres, hermanos, esposos y amigos se movían entre Santiago, Buenos Aires y Montevideo buscando la forma de prolongar la búsqueda del desaparecido avión y sus pasajeros y tripulantes.

Como se ha dicho en otra crónica, el pintor uruguayo Carlos Páez Vilaró fue uno de los que más energías desplegó en la búsqueda de los jóvenes, entre los cuales se hallaba su hijo Carlos y fue por eso que ese mismo día el coronel Enrique Morel Donoso, comandante del Regimiento de Infantería Nº 12 Colchagua, intentó ubicarlo en los momentos en que Páez se hallaba en Pudahuel, a la espera de la salida del vuelo de Aerolíneas Argentinas. De inmediato pidió el desembarque y se fue rumbo al SAR en Cerrillos, siguiendo luego hasta San Fernando en el mismo taxi que lo había traído de Pudahuel.

Cuando a él y otros familiares se les mostró la nota de los jóvenes que estaban en lo que más tarde se denominó Campamento Alfa, hubo algunas dudas, las que con el correr de las horas serían disipadas cuando se supo oficialmente que la patrulla de Carabineros había tomado contacto con los muchachos Parrado y Canessa.

Entretanto el SAR y la Fuerza Aérea habían tomado conocimiento también y preparaban sus medios para realizar una de las más difíciles labores de salvamento y que como se sabría al momento de arribar al lugar, sería efectuada desde territorio argentino, ya que el avión había caído antes del cruzar el límite.

H89 al iniciar el rescate
H89 al iniciar el rescate

El Grupo 10 designó al Comandante de Escuadrilla Carlos García Monasterio  como jefe de la escuadrilla del SAR que volaría a San Fernando y la que integrarían el Comandante Jorge Massa, el teniente Mario Ávila la teniente enfermera Wilma Kock y los integrantes del Cuerpo de Socorro Andino Sergio Díaz, Osvaldo Villegas y Claudio Lucero.

Las malas condiciones atmosféricas atentaron en todo momento para realizar el salvamento, poniendo en riesgo toda la operación que sólo con gran pericia y sangre fría se pudo efectuar en los helicópteros UH-1H a cargo de los  comandantes García y Massa, mientras el teniente Ávila quedaba  a la espera de instrucciones para colaborar en caso de algún accidente provocado por el mal tiempo con que se operaría en la cordillera.

A pesar del esfuerzo  de los pilotos, las malas condiciones impidieron una buena maniobra en los momentos del rescate y sólo seis sobrevivientes pudieron ser sacados desde la cordillera el primer día, más los dos que habían efectuado la caminata. En el lugar quedó personal especializado que debió pernoctar con el grupo que debió evacuar al día siguiente, cuando las condiciones ya habían mejorado.

La llegada de los primeros rescatados al Regimiento de San Fernando provocó escenas de profundo dramatismo, tanto por los rescatados como de parte de sus familiares. El hecho de sentirse liberados de la terrible cárcel nevada que los había cobijado en los últimos meses fue algo impresionante para ellos y así lo hacían sentir, sin tapujos, con el desinhibimiento propio de su juventud. Y era natural. Nadie podía quedar indiferente de la terrible tragedia de haber tenido que permanecer durante setenta días en la cordillera, sin apoyo de ninguna índole, donde faltaba de todo y donde el frio y la nieve iban cobrando poco a poco nuevas víctimas.

Roberto Canessa
Roberto Canessa

Luego de ser revisados en el hospital de San Fernando se resolvió enviarlos a la Posta Central de Santiago, donde en definitiva fueron dados de alta conforme a la situación de cada uno.

El asedio periodístico era constante, a pesar de la entrevista de prensa que debieron dar una vez que se hubo sacado al último hombre de la cordillera. La prensa sacó ediciones con reportajes especiales, las radios y la televisión transmitían a todo el mundo, y a cada momento se agregaba una nueva declaración de un rescatado aunque sólo hubiera saludado a los periodistas.

A pesar de la crítica situación que vivía el país, sin abastecimiento, con un mercado negro galopante, con un dólar cautivo y con una situación política inestable, las autoridades no escatimaron esfuerzos para efectuar tanto la búsqueda, como el rescate final de los deportistas uruguayos.

En San Fernando, Santiago, el aeropuerto, los chilenos demostraron su aprecio por esos jóvenes desconocidos que de un día a otro habían irrumpido tan  violentamente en su entorno, desatando el interés mundial por su enclaustramiento cordillerano y la forma  en que sobrevivieron durante tantos días.

En Uruguay, días más tarde, serían recibidos como héroes por sus compatriotas. En el intertanto el pintor Carlos Páez junto a algunos familiares de los muchachos iniciaba un recorrido por las entidades en que en algún momento habían concurrido a solicitar algún tipo de ayuda.

Fue así como en el Hospital de San Fernando, en el Radio Club de Talca y en la Escuela Juana de Ibarbourou, pintó murales con su particular estilo.

En otras instituciones como en el Radio Club de Carabineros, junto a parientes de algunos de los rescatados dejó estampadas imágenes y expresiones que surgieron de su corazón agradecido en ese mismo momento:

A nuestros queridísimos amigos chilenos Ricardo Scheffer, Freddy Henríquez y Pablo Alfero, con el eterno reconocimiento de un padre agradecido eternamente, a estos hermanos chilenos que dieron todo de sí, para ayudarnos a sobrellevar la inmensa pena y dolor que nos embargó durante 72 angustiosos e interminables días. Queridos hermanos chilenos, tened el orgullo de ser reconocidos eternamente como amigos en lo más profundo de mi ser. Juan Carlos Canessa Montero.- 27 diciembre 1972.-

“Recién cuando 45 niños se perdieron en Chile volando en un avioncito de papel, y entre ellos mi hijo, fue que me animé a tocar todas las puertas de Chile.

Y fue así que me pude dar cuenta que estaban abiertas, y que aquella campanilla era innecesaria, porque el chileno siempre te recibía con sus casas abiertas y su corazón en la mano.

Por eso fue que pensamos que nuestro mensaje precisaba de voz. Y tú nos diste Ricardo, toda la fuerza mágica de tus micrófonos, para alcanzar este triunfo, que fue el contacto directo y radiofónico de aquel milagro que nos reintegró nuestro hijos en la navidad. Carlos Páez Vilaró.”

“Para mis amigos chilenos que desde hoy son ya un poco hijos míos, para siempre mi amor y mi agradecimiento eterno.- Susana Stajano de Zerbino”

“Mi agradecimiento para los que ayudaron a mantener la fe y la esperanza.- Gloria D. de Alcorta.”

“Un recuerdo muy afectuoso para los hermanos que nos han ayudado tan eficazmente en nuestra esperanzada lucha y tienen amplio lugar en nuestro corazón en este momento de infinito gozo.- Jorge Jusin.- 27-XII.72

De este lamentable accidente aéreo, se cumplen este mes 40 años del rescate de los sobrevivientes. Ellos vinieron a Chile en el mes de octubre y realizaron varias actividades entre otras una visita al Presidente Piñera y un partido de rugby; además de un encuentro con la Fuerza Aérea, Carabineros y personal de salud, a quienes agradecieron también su participación en el rescate y posterior paso por los establecimientos hospitalarios.

Aunque el tiempo transcurrido pareciera ser demasiado, los 16 uruguayos y sus familiares no han dejado de recordar su accidentada vivencia en la cordillera y es así como han formado una fundación con el nombre de “Viven”, la que se encarga de ayudar a personas que tienen una existencia difícil.

http://www.carlospaezvilaro.com.uy/

Héctor Alarcón Carrasco

Escritor e investigador. Especialista en Historia Aeronáutica y Ferroviaria. Autor de diversos libros.

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