Antonio Acevedo Hernández, Premio Nacional de Teatro 1954

En la literatura no existen lógicas para alcanzar grandes metas. En realidad tanto profanos como grandes estudiosos pueden lograr excelentes resultados. Fue el caso de nuestro más grande autor teatral de los inicios del siglo pasado. Vagabundo a los diez años, sin hogar ni domicilio fijo, logró integrarse al teatro, creando las bases del teatro nacional, incursionó con éxito en el periodismo, la novela, las costumbres típicas y la poesía. Cerró su carrera de autor teatral con el Premio Nacional de su especialidad.

Se llamaba Antonio Acevedo Hernández, Nació en Tracacura (Tralcacura: piedra que suena), Angol, el 8 de marzo de 1886; su padre Juan Acevedo  Astorga, carpintero contratista y su madre María Hernández Urbistondo, campesina. Según difusos antecedentes, su familia se trasladaba de Angol a Lautaro y en el camino, en el sector conocido como Tracacura vio la primera luz este niño, al que sus padres bautizaron con el nombre de Antonio. Su progenitor, carpintero, constructor de casas y con un gran bagaje de oficios aprendidos en su juventud, más tarde se radica en Temuco, donde Antonio estudia las primeras letras, aprendiendo a leer y escribir.

Una niñez diferente

No hay mayores datos sobre su vida en un Temuco, que recién hacía pocos años había sido creado como el principal fuerte de La Frontera, donde el trabajo manual era el impulso que daba los mayores frutos y donde los aserraderos trabajaban de contínuo para abastecer al gran público que necesitaba construir sus viviendas en sitios, en su mayor parte entregados gratuitamente por el Estado, para quienes quisieran poblar esas tierras recién incorporadas al erario nacional.

A los diez años, este niño, menudo,  un poco díscolo, no soporta el trato que le daba su padre y cierto día, simplemente se va de la casa. Como todo niño que quería correr una aventura, se acerca a las vías del tren. Por allí circula otro mundo, el mundo ferroviario, el mundo carrilano, el inicio o el fin de un gran viaje; de un momento a otro se encuentra platicando con esos obreros desconocidos que viajan en un carro pequeño con destino a Pitrufquén. Llevan hacheros que van a talar los bosques para abastecer un aserradero; tipos fornidos, que saben del buen uso del naipe y del cuchillo, que consiguen lo que desean en los alrededores de su campamento, sin necesidad de desembolsar ni un cobre.

Allí, en ese mundo un tanto irreal, durante un año, Antonio se desenvuelve como todo niño, pero como un niño diferente, que todo lo observa, que todo lo aprecia desde su infantil punto de vista. Sin expresarlo, por ahora, su mente va acumulando cuadros, escenas propias de esa vida nómade, triste, donde los pobres solían unirse para cocinar sus alimentos, pero donde una partida de naipes les podía costar la vida.

Ese destino incierto le lleva a volver a su hogar, pero su padre ha partido en su búsqueda a Santiago, por lo que Antonio sigue viviendo su azar de vagabundo; durmiendo en las calles, a la vera de algún camino, donde el sueño lo venciera, hasta que un día se encuentra en Chillán, donde en vista de su completa horfandad, es protegido por una persona de noble corazón, que el recordará más tarde como Juan Madrid, quien aparte de protegerlo, le permite continuar con su instrucción y a los doce años rinde todos sus estudios primarios y estudia carpintería, tratando de emular las enseñanzas de su padre. Mientras trabaja de cargador en la feria, donde este mundo del comercio, nuevo e interesante para él, le llamará mucho la atención.

Era Chillán una ciudad más desarrollada que el Temuco en que había vivido, donde la expresión popular era de mayor trascendencia. Por allí transitaban hombres con otros vestuarios, otras costumbres, un mayor arraigo en la tierra; en síntesis un terruño de tradiciones.

En Santiago   

Su llegada y permanencia en Santiago, también tiene altos y bajos durante toda esa década. Se sabe que trabajo en una tienda y que estuvo un tiempo empleado en el Registro Civil. Trata de integrarse al rubro de la carpintería en la construcción, pero no da resultados. Su bajo nivel de aprendizaje de ese trabajo manual lo coloca en problemas con sus compañeros. Uno de ellos sabedor de que se ha interesado por el teatro le destruye los libros que leía en sus ratos libres.

Por el año 1902 lo encontramos donde familiares en el sector cordillerano de Longaví. Allí conoció las costumbres y modo de vida de los tiempos antiguos –de la “gleba”, dice un autor de su época-, lo que le permitió obtener muchas enseñanzas para sus futuros trabajos dramáticos.

Su vida sigue siendo un desastre. Sólo el entretenimiento que le dan lo circos, a cuyas funciones asiste con frecuencia, le ayudan a superar en parte sus desvelos.

Era el Santiago de 1910,  Acevedo se deleitaba leyendo novelas por entrega que publicaba el diario “El Chileno” y libros que costaban 60 centavos, algunos de muy buenos autores. Solía concurrir al circo, pero ese año tiene oportunidad de conocer el Teatro Santiago, donde se representaban comedias y zarzuelas. En una matiné le toco presenciar una obra en lenguaje popular que le impresionó bastante. Se dio cuenta que en ese lenguaje el teatro era interesante, pues aplaudían ricos y pobres.

Comienza allí una aventura que le habrá de ocupar la mayor parte de su vida, pero que también le hará pasar muchos sinsabores. Era un perfecto desconocido en el mundo del teatro; no tenía derecho a opinión; poseía una pequeña biblioteca teatral que había armado con libros de autores franceses, alemanes e ingleses, que él consideraba de muy buena factura, pero que no estaba en la conciencia de autores ni empresarios.

El teatro español estaba de moda y al público sólo se le entregaban comedias, sainetes y zarzuelas, géneros que a Acevedo no le calzaban, pues en su mente estaban las obras que había leído y releído de autores como “Casa de Muñecas” de Henrick Ibsen; “La Trilogía de la Muerte” de Maurice Maeterlink; “Almas Solitarias” de Gerhart Hauptmann; “El Honor” de Hermann Sudermann; de Tirso de Molina “Don Gil de las Calzas Verdes” y “La Vida es Sueño” de Calderón de la Barca.

Su enriquecimiento cultural no paraba ahí. También había leído a Cervantes y su entonces muy divulgado “Don Quijote de la Mancha”, además le había impresionado la obra inglesa de John Bunyan “El viaje del Peregrino”, libro de gran connotación, que fue considerado como la primera novela inglesa; mitad cristiana y mitad  aventuras, publicada a fines del siglo XVII, cuy autor, autodidacta como Hernández, fue hojalatero, soldado y pastor bautista. Doce años preso le costó su prédica contraria a la restauración de la monarquía, tiempo que dedicó a escribir su novela, que se publicó en dos partes.

Eran los inicios de 1912 cuando en un nuevo arranque de aventuras,  Acevedo decide embarcarse en tren y toma un destino que sin pretenderlo le dará las primeras herramientas para dar inicio a su carrera de autor teatral.

Desciende del convoy en Longaví y se dirige donde familiares de la zona cordillerana. Ya en el camino comienza su pequeña odisea de aquel viaje y se da cuenta que ese caminar le servirá de material para sus primeras obras. Finalmente llega a Los Fondos, a la Loma de Vásquez, convive con sus parientes y conoce de la vida en ese apartado rincón cordillerano, donde las costumbres y el lenguaje todavía tienen reminiscencias oscuras, de añejos siglos coloniales …. A su regreso trae en su carpeta un drama, que ha titulado simplemente: “En el Rancho”.

Más tarde recordará que Longaví fue el venero para la edición de cuatro obras de su dilatada autoría teatral “En el Rancho”, “El Inquilino”, “Árbol Viejo” y “Agua de vertiente”.

 De vuelta de Longaví vive unos días en un conventillo, ubica a sus progenitores que viven también en la capital. Su padre lo recibe con cierta distancia, sin embargo su madre le da todo su apoyo; deja el conventillo donde había ido a vivir y se traslada con sus libros a la casa paterna.  

El teatro sigue siendo el lugar donde más se encuentra a gusto. Su presencia comenzó a hacerse conocida, especialmente en el teatro “Arturo Prat”, llamado luego “Coliseo”. Dirigía la compañía el español Rafael Pellicer, junto a su esposa Amparo Alsina y su hija, también actriz Antonia Pellicer, secundados por un buen conjunto español. Todas las tardes llegaba al teatro a ver los ensayos, luego ayudaba a los empleados en las labores que allí se desarrollaban.

No obstante, este ejercicio diario de visitar el teatro le traería algunos comentarios mal intencionados de algunos actores y otros miembros de la compañía: cierto día el primer actor de apellido Soler, mofándose de algunos autores que se atrevían a escribir obras chilenas lo increpó en el sentido que Antonio debiera escribir algo, que seguramente será un acierto nunca visto. Tú eres el más aventajado de los sanarcias del teatro…, le dijo en su cara, lo que naturalmente provocó una carcajada general. Más Tarde Acevedo recordaría que uno de los artistas le confidenció que esa era la mayor burla que se le podía hacer a una persona; era peor que imbécil. Tú eres muy distinto, muy ajeno al temperamento teatral. Siempre lo pasarás mal, le dijo. Eran las veleidades que se entronizan en ciertas actividades, de las que el teatro, con sus cábalas y viejas tradiciones, no estaba exento.

Pero ese mismo día en que era vilipendiado por el actor principal, Pellicer le ofrece un pequeño papel en una de sus obras. Se trataba de María Antonieta; sería el paje y sólo diez palabras serían su primera conectividad con las tablas. El director le incentivó: una palabra bien expresada puede ser el inicio de una carrera exitosa…

Luego la empresa de Pellicer hizo una gira a Talca, a la que también se  invitó a Acevedo, quien fue alojado y tratado con todas las prerrogativas de un integrante de la compañía. Allí se le hizo trabajar entregando los papeles y copiando y arreglando obras teatrales, poniendo y quitando frases, incluso modificando la cantidad de actos, según la cantidad de actores y las necesidades del director; luego de ayudante del traspunte a segundo apunte. Algunas veces hizo de segundo apunte y hasta subió al escenario, fue una gira que le dejó muchos conocimientos y se comenzó a hacer imprescindible en la compañía.   

Eran los años en que el teatro recibía todo tipo de expresiones como el canto, el baile, la música y la poesía, teniendo en esta última expresión a figuras como Pedro Prado, el creador de Los Diez, el poeta del que diría más tarde Alone: con su libro “Flores de Cardo” inició la revolución ultramodernista de Chile.(Alone, Panorama de la literatura Chilena durante el siglo XX, Nascimento, 1931).      

En muchas oportunidades las zarzuelas  y los juguetes cómicos, eran adaptadas por los autores a la realidad nuestra, aunque no siempre lograban un buen resultado, evidenciaban la necesidad de que surgiera un teatro verdaderamente nacional.

Si bien es cierto los deseos de Antonio eran de poder prosperar en la autoría de obras de teatro, tampoco desechó estar ausente del escenario y poco a poco fue aprendiendo las diversas formas de expresión, incluso aprendió a recitar con  latiguillo (forma de exagerar los versos para lograr un aplauso), estilo que no le fue esquivo. Por otra parte el director le había pedido que se encargara directamente de los portugueses (expresión usada en la jerga teatral de la época, para referirse a los colados que no pagaban la entrada), cargo que ejerció con bastante agrado pero que le trajo muchos enemigos, pues no eran pocos los que querían colarse sin pagar, especialmente en los estrenos.

Cierto día que estaba sentado en uno de los bancos de Avenida Matta, releyendo por enésima ves su drama “En el Rancho”, un joven se sentó a su lado. Era muy directo. Se presentó: Soy Domingo Gómez Rojas!.  Le preguntó qué leía. Al saber que era un drama campesino le pidió el texto para leerlo. Luego de un rato le dio su opinión. Lo encontró muy bueno y le dijo que había que representarlo. Estaba el él la “Cuestión Social”, tan en boga en esa época.

Gómez Rojas, poeta ya conocido, era un activo participante de las sociedades obreras y a los pocos días se había conseguido el local de la Casa del Pueblo, donde  Acevedo leyó por primera vez su drama “En el Rancho”. La lectura de la obra la hizo él personalmente; hubo aplausos en algunos parlamentos, pero al final de la lectura el aplauso fue general. Lágrimas y felicitaciones también, pero en lo que todos estuvieron de acuerdo, fue en que había que representar la obra a toda costa.

Acudieron donde el director don Adolfo Urzúa Rojas, autor teatral, músico, profesor del Conservatorio quien enseñaba teatro de acuerdo a la escuela francesa. Odiaba los gritos de los españoles. Su manera de enseñanza se basaba en el sistema francés de Leguvé, un gran director…”En nuestra compañía no tendremos pregoneros, sabremos distribuir las figuras. El teatro es un sinfonía; algo sin discordancia, algo humano”.. Más o menos eso fue lo que les dijo el futuro director, según recordaba años más tarde Acevedo. De inmediato recibió las obras “El Inquilino” y “En el Rancho”, para estudiarla más detenidamente.

Al día siguiente el profesor reflejaba optimismo… “Sus dramas están llenos de vida; hay errores que carecen de importancia. Los arreglaremos y los lanzaremos hacia el público que se va a volver loco. Entraremos con pie firme. Las obras son de argumentos nuevos; la acción empieza inmediatamente; hemos derrotado las formulas de la Introducción, el Nudo y el Desenlace. Haremos lo que entre nosotros no se ha hecho nunca…”.

Reunidos en el café bohemio de la Avenida Matta, hablaban de la futura empresa. Estaban Acevedo, Víctor Hernández, José Miguel Palacios, Roberto Carrera, Gómez Rojas y Juan Tenorio. Se discutía sobre donde debería trabajar la futura compañía. Se hablaba de hacerlo sólo en las sociedades obreras, a cuyos argumentos Acevedo sentó su posición: Queremos organizar –y será la primera- una Compañía Dramática Chilena.

Alguien manifestó que ellos no eran actores conocidos, pero allí Acevedo extrajo su gran argumento: “Nosotros somos gente de teatro; actuaremos para todos: ricos y pobres; haremos lo que nunca se ha hecho en el teatro chileno. No tenemos dinero, nada tenemos; los que vayan con nosotros, seguramente, sufrirán, pero harán el verdadero teatro”.

Sus palabras tuvieron el pleno apoyo de Gómez Rojas, quien destacó que Acevedo había sufrido mucho, sabía como eran los trabajos más penosos y la tiranía de los grandes. Sus obras eran distintas a todo lo que se había escrito y seguramente llegarían hasta el corazón del pueblo. Todos estuvieron de acuerdo en continuar con la creación de la compañía y eso se haría a como diera lugar.   

Existen algunas discrepancias entre sus biógrafos al reseñar su primer estreno en el teatro. Se habla de “El Inquilino” y  “En el Rancho”. Lo cierto es que a pesar de los deseos de Acevedo,  el maestro Urzúa había encontrado mucha violencia en la última, por lo que de común acuerdo se optó por “El Inquilino”, que se estimó podía ir mejor al público, cuyo estreno tuvo lugar el 24 de diciembre de 1913 en el teatro Coliseo de Santiago. Se dio repetidas veces en los teatros de la periferia santiaguina. En el Excélsior hubo tal entusiasmo del público que quiso que la obra se repitiera la misma noche. Pero ello no aconteció, solamente porque la policía se opuso. Al año siguiente “En el Rancho” se estrenó por la misma compañía en lo teatros populares con singular éxito.

En aquellos años, sólo las grandes compañías españolas podían presentarse en los teatros del centro, donde la concurrencia masculina vestía de riguroso frac y las damas lucían esplendorosos vestidos, generalmente encargados a Europa.

En 1916 se estrenó “Camino de Flores”, poema dramático en un acto. En 1917 estrenó el drama “Almas Perdidas”, mereciendo calurosos comentarios de la crítica teatral.  Un año después Editorial Minerva edito el drama “Irredento”, que fue estrenado en 1920 en el Teatro Santiago. En abril se presentó en la misma sala su drama “Por el Atajo”, con Enrique Báguena, obra de mucho gusto del público, que alcanzó varias representaciones.

En el Teatro Comedia le estrenaron al año siguiente su drama “La Canción Rota”, con bastante éxito.

Desde sus inicios, Acevedo fue vilipendiado por mucha gente de teatro. La prensa no publicaba sus estrenos ni comentaba sus obras. Se le trataba de ignorante, que no tenia idea de teatro, que no estaba capacitado para escribir y nunca sería un verdadero autor teatral. En una oportunidad se le caricaturizó en una revista escribiendo con un serrucho por su actividad de carpintero; su vestir descuidado sufrió también varios traspiés, como cuando no lo dejaron entrar en el teatro porque no creyeron que el era el autor de la obra. Allí en la puerta lo sorprendió  Pellicier que era el director, lo obligó a salir al escenario pues el autor era pedido a gritos, Salió Acevedo con traje mojado  por la lluvia y muy a mal traer. Una joven que esta en primera fila expresó . ¿Y este es el autor?, a lo que Acevedo respondió: Señorita, yo no escribo con los zapatos, lo que provocó un aplauso general, obligándole a repetir varias veces su salida al escenario. 

Cierto día un amigo le comunicó que Augusto Pinto, poeta y un gran estudioso, conocido en los círculos literarios; deseaba verlo. Acudió Acevedo y en una singular conversación le dijo: ¡tú tienes que ir al Instituto Pedagógico!, allá se te necesita. El centro de estudios necesitaba que algún entendido diera una conferencia nada menos que sobre “Teatro Chileno”. A pesar de los reniegos de Acevedo, manifestando que el nunca había dado una conferencia, agregando que nada sabía, poco a poco su amigo lo fue convenciendo. Se le había pedido a Nathanael Yañez Silva, periodista y autor teatral, a Cariola, Hurtado y a otros, pero nadie quería asumir tal responsabilidad. Finalmente Pinto le entregó algunos libros y revistas en que se hablaba sobre el tema y lo exhortó a cumplir la misión: Tienes buena memoria, aprenderás mucho. De ti se ríen todos los que hacen comedias. Con esto darás un golpe definitivo y nadie se reirá de ti. No te achiques. Tus obras han gustado. No podrás hablar de memoria, leerás. ¡Es tu única oportunidad!

Quince días más tarde, Acevedo estaba en el auditorio del Pedagógico ante un público que no conocía, pero que estaba lleno de profesores universitarios, escritores y alumnos. La conferencia muy ilustrativa y con algo de crítica, reflejaba la necesidad de hacer teatro chileno, verdaderamente chileno. Hora y media duró la constructiva conferencia, que estuvo apoyada por una lectura de Manuel Rojas de su poema “Canción de Otoño”, mientras que Gómez Rojas recitaba su “Miserere” y Juan Tenorio finalizaba con el poema “La Huelga de los Herreros”.      

Aurelio Díaz Meza, en ese tiempo también autor teatral y periodista, lo felicitó personalmente, le pidió el trabajo, que publicó en dos páginas en “El Mercurio” y le dio espacio para escribir sobre teatro en “Las últimas noticias”. A lo largo de su carrera otros escritores como Eduardo Barrios, de Zig Zag; Mariano Latorre, de El Mercurio; Manuel Rojas de El Chileno; Samuel Lillo, poeta, y el periodista Alfredo Ilabaca León, le dieron apoyo personal y publicaron artículos sobre su obra teatral.

La conferencia produjo un cambio total. Los autores del centro debieron asumir la calidad autoral de Acevedo, quien muy pronto pudo estrenar “Por el Atajo” en el Teatro Santiago, que durante muchos años le había estado vedado.   

A mediados de 1917 Arturo Bührle, en la parte artística y Enrique Báguena en lo administrativo, organizaron la primera  compañía teatral integrada exclusivamente por chilenos. Fueron secundados por los actores Evaristo Lillo y Nicanor de la Sotta. Dado el escepticismo ante tal empresa, debieron iniciar sus actuaciones en provincias, para presentarse luego ante el exigente medio capitalino, el que conquistaron en una serie de presentaciones hasta el año 1926.

En 1922 Acevedo presentó la comedia en tres actos titulada “Ha salido el Sol” y otros dos dramas titulados: “La Sangre”, en el que actúan sólo magistrados y proxenetas y “El Vino Triste”.

CINE

En 1923 su comedia “Almas Perdidas” fue adaptada al cine mudo y exhibida en todo el país.

25 de diciembre de 1924 se estrenó en los cines Esmeralda y Brasil el film “Aguas de Vertiente”, en el que la bailarina María López hace el primer desnudo del cine chileno, al aparecer  en escena bañándose en un río. El estreno produjo escándalo, especialmente entre las damas de la época. 

PERIODISMO

Colaboró con artículos, cuentos y versos en Claridad (1921), Zig-Zag (1923), La Federación Obrera (1923) y Las Últimas Noticias. Además publicó en muchas revistas y diarios importantes de Chile. En 1950 recibe el premio “Camilo Henríquez”, por su extensa labor periodística.

La personalidad de Acevedo Hernández se destacó en el teatro, en el tinglado dramático, sin perjuicio que abarcara otros géneros literarios como escritor, poeta, y aún crítico en el arte pictórico.

LITERATURA

El año 1920 se publica su novela “Piedra Azul”; “La Raza Fuerte” en 1922, a la que le siguen en 1933 el ensayo “La Cueca y “Los Cantores Populares Chilenos”. En 1936 sale a la luz “La Guerra a Muerte”; “Las aventuras del Roto Juan García” 1938. En 1948 obtiene el Premio Municipal de Novela por “Pedro Urdemales”.

En 1953 la editorial Zig Zag le publica su obra “Retablo Pintoresco de Chile”, en la que reúne gran parte de las leyendas y tradiciones chilenas, donde el lector puede disfrutar de lo mejor de los míticos payadores como El Mulato Taguada “El Maulino” y don Javier de la Rosa, de Santiago; un viaje a la feria de Chillán o conocer los pormenores de los terremotos de Chillán, de Arica y de Valparaíso y recorrer el mapa religioso de la época con sus tradicionales fiestas a lo largo del país.  

 TEATRO

El año 1954 Antonio Acevedo Hernández, el más prolífico de los autores teatrales y creador del auténtico teatro chileno, recibe el Premio Nacional de Arte, mención Teatro.

En la Rectoría de la Universidad de Chile se reunió el jurado que debía conceder el Premio Nacional de Teatro. Dice la prensa que luego de breves discusiones, el jurado decidió otorgarlo a Antonio Acevedo Hernández.

La verdad es que  no hubo decisión unánime para conceder el premio. Votaron por Acevedo: Juan Gómez Millas, Rector de la Universidad de Chile, Santiago del Campo, Director de la Dirección de Informaciones del Estado, que representaba al Gobierno –Carlos Ibáñez- y Antonio Romera por el Círculo de periodistas.

Acá viene la paradoja que siempre expresó en sus declaraciones Acevedo Hernández “No me querían”, “Era mal mirado” “Era un ignorante del Teatro”. Los únicos dos votos en contra que registró la votación fueron los de René Hurtado Borne, Director de la Dirección Superior del teatro Nacional y Benjamín Morgado, de la sociedad de Actores Teatrales de Chile.

Era la sucia puñalada teatral que danzaba en el ambiente, pero como en este caso; una puñalada en escena es vil, pero no lesiona. La obra de Acevedo Hernández era muy superior y es por eso que siempre será recordada por los méritos de habernos dado una mirada hacia nuestro interior, hacia el Chile recóndito, de haber puesto en escena la causa social, al desvelo del campesino, el sentir religioso y el profano, como parte de un Chile que amanecía en las heladas salas de los teatros populares de inicios del siglo XX.   

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Héctor Alarcón Carrasco

Escritor e investigador. Especialista en Historia Aeronáutica y Ferroviaria. Autor de diversos libros.

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