El «Dalí» de la poesía chilena se fue a Las Cruces

 

Ha salido de viaje don Nicanor Parra, en su casa poética puede verse un letrero singular, deslavado, escrito con letra ágil, tan segura como imperfecta “Voy y vuelvo”. Cosas de su vida, cosas de un pasado centenario, cosas de la familia Parra.

 

Él era el más alto, el más letreado de la familia, el que jugaba con los números, el que transitaba entre las hojas de sus cuadernos de poesía, desde donde conseguía la energía que le daba vida a su obra llena de artefactos.

 

El poeta Nicanor nació en San Fabián de Alico, vivió también en Lautaro donde su padre era músico del Regimiento, desde allí sus padres se van con su prole a su tierra, a Chillán, a hacerle cototo a la vida; la Violeta y sus hermanos a recopilar el folklore  y Nicanor a meterse a sus estudios, sin dejar de lado los instantes familiares que le permitían acceder al lenguaje del pueblo, al lenguaje del día a día, que llevaba a sus cuadernos y que tan retóricamente adornaba a su amaño: era la antipoesía que circulaba por su sangre como la chicha baya, como el cántaro de greda que lo contenía, porque todo tenía lugar en sus escritos.

 

Es posible que su “Obra Gruesa” sea la obra más conocida por el grueso del público; La Andrés Bello publicó una edición en 1983 de veinticinco mil ejemplares, cantidad apreciable si sabemos que poco a poco el chileno ha ido perdiendo el sentido por la lectura.

Quiso anclarse en Las Cruces, un pequeño balneario vecino a Cartagena, un balneario de otra época, un balneario tranquilo y atrayente, donde las lechugas reverberan con el verdor de sus hojas; se quedó en su casa, cercano a Huidobro, el poeta de Cartagena que quiso ser sepultado de pie mirando al mar; cercano a Isla Negra, donde descansa el Nobel Pablo Neruda, que también mira las olas desde el patio de su casa-museo.

Allí, su familia ha conseguido que quede su tumba, la tumba de un poeta que nos demostró que la poesía no tiene definiciones, que la risa también es parte de su entorno, que en su calidad de matemático realizó las ecuaciones  perfectas para hacerlo todo diferente, porque sin duda su antipoesía bien puede dialogar con la grandeza de un Dalí; claro que un Dalí de visión extrema, un Dalí poeta, a la chilena.

 

Héctor Alarcón Carrasco

Escritor e investigador. Especialista en Historia Aeronáutica y Ferroviaria. Autor de diversos libros.

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