Pueblos perdidos: «Villa Troyo», al norte de Lonquimay

No es fácil llegar a Villa Troyo desde cualquier pueblo de La Araucanía. Para ello hay que viajar por un regular camino 45 kilómetros hacia el norte de Lonquimay, pasando por la laguna San Pedro y más allá, orillando el Bío Bío, donde nuestra anfitriona, la señora Elina Benavides Benítez, nos relata al pasar por el puente de Paso Paz, como antiguamente ellos debían cruzar en balsa o en bote por el caudal que atraviesa el camino. Internándonos un poco más, por el lado derecho nos encontramos con la balsa Caracoles, que atraviesa vehículos y personas que viven en el alto Bío Bío, junto a la raya fronteriza con Argentina.

Pero nuestro camino no va por ahí; de manera que continuamos nuestro viaje por la ruta contorneada por altos cerros y con numerosas cuestas y curvas, que hacen difícil la conducción. El hermoso paisaje de numerosa flora nativa y de una fauna, qué si bien no es exuberante, nos permitió encontrarnos con conejos, zorros y un león que cruzó presuroso la ruta y se internó entre los arbustos; tal vez en busca de una buena presa, como lo son terneros nuevos, lanares, chivos y cualquier pájaro de lento despegue que les permita saciar el hambre en esos apartados rincones de esta hermosa tierra.

Llegando al sector de Ránquil podemos observar a lo lejos el pequeño poblado de Troyo, que nos recibe con una muy hermosa tarde soleada, algo no muy tradicional en esas lejanas tierras, donde la lluvia, el frio y el viento son invitados permanentes.   

Troyo es un pueblo muy pequeño. Según informaciones de vecinos su población no pasa de los trecientos habitantes. comparte nuestro viaje el profesor e historiador de la frontera Sergio Venegas Aedo, quien se ha afincado desde hace varios años en Lonquimay y se ha dedicado al estudio de la historia de esos perdidos lugares.

La señora Elina Benavides Benítez, es oriunda de Trobún, en el camino a Llanquén, es decir 18 kilómetros de Troyo hacia el norte, quien no duda en interiorizarnos de los detalles de toda una vida en esas apartadas tierras cordilleranas:  

“Bueno yo la básica la estudié aquí en Troyo y después me fui al liceo de Lonquimay y el 89 salí del liceo y el 90 volví acá a mi Villa a trabajar como asistente de Educación en el colegio. Yo siempre he estado ligada a lo que es el folclor. Yo participaba cuando estaba en el colegio en el conjunto folclórico. Luego lo hice en el Liceo de Lonquimay y después en el conjunto folclórico del internado. Terminados mis estudios volví acá y formé un conjunto folclórico del internado de la escuela, porque yo trabajaba como asistente de internado y ahí seguí con lo que era folclor y posteriormente formé un conjunto folclórico de personas adultas acá en la villa. Eso fue del 2000 al 2016, porque después me trasladaron de acá y el conjunto quedó un poco abandonado, pero siempre he estado ligada a ellos. Por ejemplo, para el 18 de septiembre me encargo de los actos del 18, todo lo que sean actividades culturales acá en el sector yo las encabezo”.

Así se expresa doña Elina, con una voz clara y sonora, muy propia de la mujer campesina de la montaña, que durante su vida tiene que lidiar con muchas adversidades originadas por el rudo ambiente de esos parajes perdidos en el corazón de nuestras tierras cordilleranas, lo que no le ha impedido cultivar la poesía y desarrollar actividades culturales que están fuera de la órbita de su trabajo.

Finalmente arribamos al poblado conocido desde antaño como “Villa Troyo”. Preguntamos por el origen de su nombre, pero sólo se nos informa que, a principios del siglo XX, ese era el nombre de un fundo que existía en esas tierras, que eran de propiedad de los Puelma Tupper.

Al respecto; el año 1962 comenzó a poblarse Villa Troyo con gente que vino de sectores aledaños, como Ránquil, Lonquén y otros lugares, porque llegaron las primeras casas Corvi acá a Troyo. Estas viviendas las donó el gobierno de Estados Unidos, (según nos relata nuestra anfitriona), por lo que seguramente fue uno de los planes de la entonces conocida “Alianza para el Progreso”, lo que dio inicio al poblamiento del lugar.

De inmediato, por su lejanía, el gobierno de la época dispuso que una bodega de la Empresa De Comercio Agrícola -ECA-, que hoy día se conoce como EMAZA (Empresa de Abastecimiento de Zonas Aisladas), colocara una sucursal en el poblado, para que la gente no tuviera necesidad de viajar imperativamente a Lonquimay o Curacautín para surtirse de sus necesidades básicas, como son los alimentos de consumo diario.

“Antes esto era un fundo de la familia Puelma Tupper, esos eran los dueños de aquí, esto se llamaba fundo Ránquil. Esto era parte del fundo Ránquil, después pasó a ser población Oregón. No sé qué significa Troyo”.

En realidad, no encontramos en los diversos diccionarios mapuches alguna definición para la palabra “Troyo”, pero sí sabemos que este es un apellido muy conocido en Filipinas, México, Nicaragua, Argentina y otros países, lo que nos lleva a presumir que bien pudo haber sido el apellido de algún antiguo puestero o colono que residió en estas tierras, algo que de momento no podemos confirmar.

“Brigada de Bomberos Villa Troyo”

En nuestro breve paseo por el pueblo nos encontramos con un cuartel de bomberos y una placa alusiva “Brigada de Bomberos Troyo”. De inmediato la señora Elina, ratificando su participación en las obras de los habitantes del pueblo, nos ilustra: “Los bomberos los fundamos el 29 de junio del 2002. Yo soy bombera desde ese año”. No podía ser de otra manera. La mujer montañesa no sólo es una buena ama de casa, sino que se involucra en muchos de estos proyectos que favorecen por medio del voluntariado a su comunidad. La Brigada depende del Cuerpo de Bomberos de Lonquimay, desde donde reciben algún apoyo en instrucción y material bomberil.

En este pequeño lugar, la mayor parte de los habitantes tiene campos, por lo que el poblado se utiliza como residencia, ya que vivir en los predios es bastante más sacrificado, por el aislamiento, especialmente en invierno cuando la montaña se cubre de nieve y es imposible transitar por sus caminos habituales. También hay acá un grupo de damas que se dedican a la producción de mermeladas, ya que existe una pequeña variedad de frutas silvestres que se ocupan para este fin.

La parte central de la actividad agrícola es la crianza. La cría de vacunos es a lo que más se dedica la gente, por lo que periódicamente los animales se llevan para su venta a la Feria Araucanía, en Victoria, es decir casi a 170 kilómetros de distancia.

Pero en este apartado territorio también sus habitantes necesitan distenderse de las penurias de los crudos inviernos, por lo que su diversión más sonada se efectúa para las Fiestas Patrias, oportunidad en que desfilan su escuela, los bomberos, los huasos y por la tarde las tradicionales “carreras a la chilena”, que ya son famosas en la zona y atraen gran cantidad de público, de diversas regiones del país, lo que representa un verdadero orgullo para los troyanos, que en esas fechas pueden ver sus calles  pobladas de turistas que llegan atraídos por los hermosos paisajes cordilleranos y por supuesto, la simpatía de su gente y el deleite de ver correr los mejores caballares de la zona, en dura contienda.

La señora Elina, nos recuerda que cuentan con bomberos, escuela, posta y carabineros, pero no hay otra oficina pública. El pueblo está prácticamente urbanizado. Tienen luz eléctrica, agua potable rural -APR- y alcantarillado, todo ello con el fin de que la población pueda mantenerse en forma permanente en ese lugar, por su calidad de pueblo fronterizo con Argentina. “Acá lo que falta es que se pavimenten las calles y que la gente se preocupe de mantener limpio el pueblo. cada casa tiene su sitio de 25 X 50 metros”. 

En nuestro recorrido por el lugar podemos apreciar la amplitud de los patios de las casas, numerosos manzanos todavía tienen parte de su producción anual; las calles desiertas y uno que otro vehículo circulando nos recuerdan que estamos en un pueblo. Aves de corral se mueven displicentes por el interior de los sitios. En una plazuela un viejo locomóvil, nos recuerda los viejos tiempos de los aserraderos, en que numerosas de estas máquinas se instalaban en lo profundo de la montaña, en lo que hasta hace unos cincuenta años era una tala indiscriminada del bosque cordillerano.

No obstante, hay ciertas formalidades que se expresan en un mástil metálico, de recio tamaño cordillerano. Es la bandera nacional que flamea en forma permanente, ya que al igual que los cuarteles de Carabineros, en la frontera la bandera no se sube a las ocho de la mañana y se baja a las seis de la tarde. El tricolor se iza una sola vez y no es arriado hasta que el paño está totalmente destruido por la acción del tiempo y el viento, que lo mantiene en un constante flamear, para recordarnos que estamos en territorio chileno y en este caso los habitantes de Villa Troyo y sus bomberos, son también guardadores de esta honrosa tradición nacional.

Héctor Alarcón Carrasco

Escritor e investigador. Especialista en Historia Aeronáutica y Ferroviaria. Autor de diversos libros.

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