El Avión de los Poetas

“esperas al poeta titán super-producto de una época que recoja en su verso magnífico gluglú de submarinos y zumbido de aviones”
Juan Marín MECANICA, 1929

Por : Alberto Fernández Donoso

Giulio D’anna, “Volo sul paese” 1929

     

En la antesala de la oficina del Comandante en Jefe de la FACh se encuentra el premio Presidente de la República obtenido por el teniente Dagoberto Godoy, en el concurso de aviación realizado en Viña del Mar, como clausura de la Primera Conferencia Aeronáutica Panamericana organizada por el Aeroclub de Chile en marzo de 1916.

El premio en cuestión consiste en una escultura en bronce de William Shakespeare, por el escultor francés Paul Fournier (1859-1926), que es una réplica pequeña de la estatua original instalada por él en París, en 1888, pero que fuera destruida para ser fundida durante la 2ª Guerra Mundial.

En ella, Shakespeare está de pie, concentrado, escrutando con su mirada al parecer, otra escultura que tiene al frente, como él, un premio donado por el diputado Marcos Serrano Menchaca, para el ganador del Primer Concurso de la Fuerza Aérea Nacional, realizado el 28 de octubre de 1930, en el que resultara vencedor el teniente Fernando Ortega Yáñez.

Se trata de “L’Aviation”, una alegoría del vuelo humano esculpida en bronce por Emile Louis Picault (1833 – 1915), que muestra un hombre alado, clásico, sobre un globo terráqueo adornado con un dirigible, un globo y un monoplano, apoyado en una hélice, piezas de un motor y un ancla, todos ellos sobre un trozo de papel apergaminado en el que está escrito en francés, la primera estrofa del poema 8 de Doce Poemas de “Amores de Primavera” de Friedrich Rückert: “¡Alas! ¡Alas para volar/
sobre montañas y valles!/
¡Alas, para mecer mi corazón/
sobre los rayos de la mañana!”[1].

Mirando esta escultura no deja de llamarme la atención que un poeta describa sus ansias de volar, un compositor las cante y un escultor les dé la materialidad, cuando el avión aún está por nacer, dejándome una provocante inquietud.

¿Qué relación existe, si es que ella existe, entre nuestros poetas y la aviación?

Hurgando entre libros, poemas e historias, intentaré descifrar tan intrigantes enigmas, con este ensayo, que no pretende serlo. No soy ensayista, tampoco crítico literario, ni mucho menos poetólogo. Soy un controlador de tránsito aéreo magro en cultura, que ha gastado su vida arreando aeroplanos y aviones, de un aeropuerto a otro. Leyendo historias de aviadores empolvados por el olvido y escribiendo algunas cosas sobre ellos y sus máquinas.

Entre aquellos, hay uno que no es desconocido, pero que hizo algo que pocos conocen y que un poeta desempolvó. El 9 de octubre de 1890, el ingeniero francés Clement Ader logró hacer volar unos pocos metros, un aparato impulsado por un motor, tripulado por él, al que llamó Eole. Más tarde repitió el experimento con un segundo aparato al que llamó “Avión”. Fue y es considerada una hazaña aeronáutica de proporciones épicas, pero tal parece que su mayor contribución, al menos para el tema que indago, fue su invento de la palabra “Avión – Appareil Volant Imitant L’Oiseau Naturel, que, aunque le costó despegar, lo hizo con la ayuda de Guillaume Apollinaire y su poema Avión[2] escrito en 1912.

 Concluyo entonces que gracias al combustible poético el avión terminaría por imponerse al aeroplano.

Y no es cualquier poeta. Guillaume Apollinaire dará a luz a otra criatura, a la poesía moderna, que será la fuerza motriz, la hélice que hará volar muy alto al poemario nacional.   

Pero antes de seguir avanzando en el tema, necesito resolver un par de incógnitas.

¿Qué es este aparato volador que imita a las aves?

El historiador magallánico y Premio Nacional de Historia 2000, Mateo Martinic, dio la clave al emplear un lenguaje parraliano para describir al avión como “el más audaz y moderno de los artefactos mecánicos inventado por el genio del hombre[3]”, una definición que hice mía desde que la leí hace ya mucho tiempo, cuando Nicanor Parra vivía entre Neruda y Huidobro y se preguntaba ¿qué es poesía? para responderse a sí mismo, acaso como buen profesor de física y matemáticas que fue:

Todo lo que se mueve es poesía
Lo que no cambia de lugar es prosa”.

Si he de aceptar, como lo hago, ese principio de la física poética, el avión, que es movimiento perpetuo, que si no se mueve pierde su sustancia y se torna inútil, es entonces, un poema que surca los cielos, que escribe en ellos y que deja caer sus versos de cuando en cuando.

Así lo imaginó al menos Roberto Bolaño en su Estrella distante, en la que el piloto Carlos Wieder escribe versos con su Messerschmitt Bf109 sobre Concepción. Con todo, esa idea no era nueva. Raúl Zurita, y sin ficción, lo consiguió en 1982 al hacer que una escuadrilla de cinco aviones escribiera con humo sus versos de “La vida nueva”, sobre los rascacielos de Nueva York, aún con las Torres Gemelas, dejando con su estela fumígena y fugaz escrito en el cielo, “Mi Dios es hambre/ Mi Dios es nieve/ Mi Dios es pampa/ Mi Dios es no/ Mi Dios es desengaño/ Mi Dios es carroña/ Mi Dios es paraíso/ Mi Dios es chicano/ Mi Dios es cáncer/ Mi Dios es vacío/ Mi Dios es herida/ Mi Dios es ghetto/ Mi Dios es dolor/ Mi Dios es/ Mi amor de Dios”.  Al cabo de un decenio, el año 1993, munido de enormes máquinas, escribirá en la superficie perenne e inmutable del desierto de Atacama la frase “Ni pena ni miedo”, por cuyos tres kilómetros de extensión sólo puede ser leída desde el aire[4].

Interesante lo de Zurita.

En la urbe norteamericana, pese a su fugacidad, millones pudieron leerlo instantáneamente.

En la soledad del desierto, inmutable en el tiempo, sólo los que lo sobrevuelan.

También los aviones dejan caer poemas. El 9 de agosto de 1918, un escuadrón de once biplanos S.V.A. liderado por el poeta italiano Gabriele D’Annunzio, de quien la Mistral tomara prestado su nombre, bombardeó Viena con miles de octavillas llamando al final de la guerra y a vivir un nuevo siglo. Excéntrico ejemplo que será tomado por el Colectivo Casagrande para bombardear Santiago, Dubrovnik, Gernika, Varsovia, Berlín, Londres,  Milán y Madrid, con cien mil marcadores de libros que llevan escrito poesías de cincuenta autores chilenos y otras tantas de autores locales.

Poesías que caen del cielo.
Poesías que caen de los aviones.
Abajo, nadie con paraguas.

Pero, volviendo a Apollinaire, a Martinic y a Parra, y consecuente con sus preceptos, me atrevo a proclamar entonces que el avión es el más audaz y moderno de los artefactos culturales inventado por los poetas.

Sin embargo y pese a la imaginación más desbordante, los artefactos de los poetas necesitan un punto de partida y otro de llegada. A eso le llamaron Aeropuerto, que al decir de Vittorio di Girolamo “Es una enorme puerta. La única puerta que hemos construido sin darle las dos hojas que pudieran cerrarla; la única puerta siempre abierta, entonces.
Siempre abierta para que podamos ingresar al cielo sin dar un paso siquiera.
El suelo liso y duro de la pista del aeropuerto es el interior de esa gran puerta, siendo a la vez su exterior.
Allí, cielo y tierra se tocan, pues no existe nada que los separe.
Aeropuerto es, entonces, ese contacto, que es frontera entre el suelo al que vivimos adheridos y el infinito que nos envuelve y que nos invita”[5].

Los Volantines También jugué yo con volantines: aprovechaba el viento del mar, en una playa donde las gaviotas raspaban sus alas para mantenerla blanquita y acogedora… Contra un cielo límpido, donde jamás gruñía el invierno, garabateaban mis volantines sus caprichos. El mar hacía coro a mis gritos: era mi compañero de guardapolvo azulejo. Yo creía poseer infinitos corazones. Y, cuando encumbraba un volantín, pensaba, seriamente, que uno de mis corazones salía de paseo por el cielo[6].

En julio de 2012 el aeropuerto de Antofagasta recibió el nombre del poeta Andrés Sabella

Miguel Arteche piensa distinto.  

“No hay nada tan desolado como un aeropuerto al amanecer.
Porque todos saben que tienen que partir, y no lo saben:
deben viajar hacia otros cielos, llegar hasta otras tierras,
y a eso llaman partir…
Y de pronto se han ido los viajeros,
cruzan soñolientos los pilotos.
Y como ya te has despedido
y te quedas sin compañía en el inmenso edificio,” [7].

El primero que partió fue Luis Alberto Acevedo en su fatídico vuelo del 13 de abril de 1913, en San Pedro de la Paz. Pocos días después, aterrizó el primer poema en el poemario nacional, piloteado por Claudio de Alas (1886-1918), un poeta colombiano, dueño de una trágica vida a la que le pondría fin cinco años más tarde en Buenos Aires.

Como sea, antes de irse nos dejó una Laudatoria en homenaje a nuestro pionero que en parte dice:

“Una senda infinita con la muerte señalas Bajo el sol de tu patria se abatieron tus alas que a tu patria asombraron en su vuelo audaz Paladín doloroso, de la suerte y el viento; consagraste el día y el terrible momento en que vuelta a la Gloria, se rindiera su faz.”

Junto con de Alas, aterrizó el nicaragüense Gabry Ribas (1890-1969) al mando de su propio poema

“Lo vieron los cóndores escalando infinitos
Las águilas lo vieron
Y el, más arriba, saludó a los cóndores y a las águilas
que tuvieron proyecciones de espanto en sus pupilas.
Fue el primero en pasear sobre los aires
la gloriosa bandera de su Patria

Poco después lo hizo el primer criollo, Luis Rojas Gallardo, “Al borde de la tumba de Acevedo” que debió ser muy efímero pues no quedó registro.

Entre los militares, el teniente Francisco Mery fue el primero. Lo hizo probando un Bleriot llamado Manuel Rodríguez, en Lo Espejo, el domingo 11 de enero de 1914. En su homenaje, Pedro Sienna al mando de un poema aterrizaría junto a los restos de su amigo caído.

Te recibimos todos con los brazos abiertos… Fue mi casa tu hogar… Cuántas noches de invierno de tus viajes celestes el romance soberbio, agrandándonos los ojos te oíamos cantar  y te fuiste esa tarde diciéndonos alegre: Mañana he de volar. Y tus ansias de loco vencedor de los vientos te llevaron tan lejos… te llevaron tan lejos que tu alma golondrina ya nunca volverá.

Hasta allí solo era un poemario triste y lloroso, surgido del pesar de los dolientes, que necesitaba con urgencia otras musas que alejasen al verso de la sangre pionera.

Diría que aquello principia con Pedro Prado que pinta el vuelo de sus pájaros errantes en 1915, anticipándose en un lustro a Alsino[8].  Es gracias a Prado que creo en el legendario Icaro, en el hombre alado de Picault.

El Vuelo [9]“Ebrio de vuelo por los aires de la vida Una incierta verdad i constante inquietud se posan sobre mis alas. Debo volar con ellas i escuchar sus voces; pero mis fuerzas pueden fácilmente con su carga i en mis alas hai una sabiduría que yo no sospechaba. Yo me dejo ir por los ríos del viento i cruzo los remansos del aire. Yo no sé adónde va mi vuelo; pero aún a media noche le siento tan robusto i seguro, que duermo tranquilo, entre mis alas que reman i me llevan hacia un destino desconocido.”

Pareciera ser que Prado tiene razón. Tendré que ser más huidobriano para intentar encontrar un destino que concilie la historia, los aviones y los poetas. O bien pudiera ser que como dice Neruda “El mundo es una esfera de cristal/ el hombre anda perdido si no vuela[10]. Debiera volar más alto y mirar la eterna disputa. ¿Quién pilotea mejor? ¿el premiado o el postergado?

Afortunadamente Gonzalo Rojas viene a sacarme de la confusión en su Voyager de 1984.

Voyager[11]Cuéntase y ha de ser que el primer aeroplano sigue ahí y no ha vuelto, fascinado por la construcción intacta del ritmo, sin más gasolina  que el pensamiento de Leonardo, lo de Icaro es mito, Huidobro fue el único que lo vio y ya no hay más testigos salvo, claro, los que armaron el aparato: George Cayleyen 1796 con dos alas de palo, Alphonse Pénaudel 72 del otro siglo a modo de tirabuzón contra el cielo, más los dibujos a retroimpulso de Manley, Charles Manley, loco por los botes aéreos, hasta que los Wright –Orville y Wilbur- pusieron orden en la máquina con agujas y válvulas para hilar el horizonte.

Notable. Rojas reduce mi orgullosa biblioteca de historia aeronáutica a unos cuantos versos. Los críticos dicen que pertenece a la vanguardia literaria de Hispanoamérica, y mientras se pasea por el estante comprimiendo mis libros se encuentra con Altazor, y le deja una carta a su autor, a Vicente Huidobro en la que le vaticina que “pájaros de aluminio invisible reemplazarán a los aviones, ya al cierre del XXI prevalecerá lo instantáneo, no seremos testigos de la mudanza”.

Sin duda que Rojas admira al vanguardista de la vanguardia que llegó de París en 1917, piloteando su propio aeroplano cubista llamado “Horizon Carré”, ese que se aborda por uno de sus caligramas.

Aeroplano[12]Una cruz se ha venido al suelo Un grito quebró las ventanas Y todos se inclinansobre el último aeroplano El viento que había limpiado el aire Naufragó en las primeras olas La vibración persiste aún sobre las nubes Y el tamborllama a alguien Que nadie conoce Palabras tras los árboles La linterna que alguien agitaba era una bandera Alumbra tanto como el sol Pero los gritos que atraviesan los techos no son de rebeldía A pesar de los muros que sepultan LA CRUZ DEL SUR Es el único avión que subsiste.

Me imagino al aeropoeta discutiendo con su amigo Apollinaire por el nombre del verso. Desdeña al avión y se queda con “un precioso aeroplano, lleno de escamas y caracoles”[13] desde el que salta en su paracaídas para caer de sueño en sueño, a través de nubes preñadas de premios que le son esquivas. También lo son para Juan Marín[14]. No hay comentarios cuando aterriza el 16 de octubre de 1924 con su Superavión en las páginas de La Nación de Santiago. Con todo, como veremos, no es el primer avionista del poemario nacional. Aun así, es tan vanguardista que deja atrás a los aeroplanos de Huidobro y va en busca de Ader.

Es una circunstancia complicada, de transición al mundo mecánico que el artefacto volador de Martinic le abre a los literatos criollos, pero son pocos los que lo comprenden. Años más tarde Fernando Santiván en un mea culpa dirá que los escritos de Marín “eran demasiados aviones y demasiadas alas”. Y es que el Superavión de Marín suma otra característica. Es mecanicista, la nueva estética que trae el Siglo XX, en el que los artefactos y sus actividades buscan el centro de la poesía y la pintura. Y allí están el avión y la aviación, la aeropintura de Enrico Prampolini y la aeropoesía de Tomaso Marinetti quienes invitan a Marín a exhibir su Superavión en los cielos de Ader, en la Gallerie de la Renaissance durante 1932, un año después que Italo Balbo ha conmocionado al mundo con su Crociera Aérea Transatlántica Roma-Rio de Janeiro con una docena de hidroaviones Savoia-Marchetti S.55A llevando correspondencia con sellos de diseño futurista, que tendrán una respuesta chilena en 1934, obra del grabador español radicado en Chile, José Moreno Benavente, dejándome la impresión que el Superavión de Marín y la serie de sellos de Moreno podrían ser los únicos exponentes de la aeropoesía y la aeropintura en nuestro país. Se lo dejo a los eruditos resolver la cuestión.      

Giulio d’anna. “Volo sulle eolie”. 1929      

Juan Marín es un caso único, que me interpela. “Esperas al poeta titán/ super-producto de una época/ que recoja en su verso magnífico/ gluglú de submarinos y zumbido de aviones[15]Disfruta intensamente su vuelo y ejecuta, magistral, un spin entre caligramas huidobrianos y foxtrots de la Josephine Baker, en una borrachera de Castrol.

CURTISS HAWK
linda máquina
lindo juguete para alzar
la tapa del corazón
y llenarse las labios de sorpresas
en una borrachera de CASTROL

CURTISS – HAWK
cancionero
de la futura chancon
lirismo de la síntesis mecánica
electrotecnia de un gigante moscardón[16]

No es el caso del severo Pablo de Rokha. Serio y adusto, indeciso y temeroso, hace sus propias acrobacias “agarrándome a los aeroplanos de mi voz….
vuelo en tirabuzones entusiastas y ofensivos en la tristeza,
quebrándome en umbrales insospechables,
o hago la caída acuarelada del avión sin desterrados;
agujerear lo absoluto.[17]

De Rokha, decídete. ¿Estás con Huidobro y sus aeroplanos o con Apollinaire y los aviones de Ader?

Por su parte la Crociera es la réplica mussoliniana a la solitaria travesía atlántica de Charles Lindbergh, de la que la Mistral ha escrito llena de admiración, ampliando su éxito a la totalidad del Nuevo Mundo, que  “Está bien que la América siquiera esta vez trazara un gesto viril sobre el cielo escéptico de Europa, en un avión pequeño, sin otra cosa extraordinaria ni motor, ni hélice, que su mocetón de treinta años[18], al igual que Huidobro que se encuentra en Nueva York y que le canta al aviador oceánico:

“Como una serpentina lanzada de New York a París
Atraviesas el cielo del Atlántico, y todo el cielo gris
se llena de tu risa. Tu sonrisa con las alas abiertas
avanzando por las rutas inciertas”. 

Para terminar como Gabriela, sintiéndose parte de la epopeya

 “Te saludo y te canto. Me recuerda tu hazaña
la historia de mi raza, las proezas de España”[19].

 

Gabriela, a diferencia del resto, nos relata su encuentro con el artefacto volador. Es en una madrugada de 1929 en el aeropuerto de San Juan, Puerto Rico. Frente a ella y su prosa que aún es aeroplanista, está el trimotor Ford 5-AT-C que ha de llevarla a Santo Domingo. “Yo miro -hermoso y bien hermoso- el aeroplano de mi primer vuelo. Aquí está, en la competente desnudez del aeródromo, al centro del campo, sin cosas que distraiga de verlo y de gozarlo, desnudo de la desnudez metálica, que es la mejor, iluminado y luminoso, con las alas en alto y los pies de rueda posados, como no lo hace el pájaro, y, antes de usarlo, yo lo miro y lo toco al mirarlo porque me gusta querer lo que me va a servir. Los tres motores ya ronronean y el ruido cubre el ámbito; su resollar me coge a mí antes de cogerme la pisadera. Tan bonita es su esbeltez que se le olvidan contextura de fierro y peso; tan apropiadamente blanco que se toma toda la luz difusa de la montaña a medio subir».

Busco y encuentro que Angel Cruchaga, el poeta de la tristeza, amigo de Claudio de Alas, el primero, y de Huidobro el creacionista, le temía al vuelo. Con su esposa venían de regreso de Beijing. Su avión, un poderoso cuadrimotor Douglas DC-7 de la vikinga SAS está recién despegado de Dakar, por entonces escala obligada antes de cruzar el Atlántico rumbo a Brasil. En ese momento “una hostess cumpliendo órdenes, salió muy sonriente, de la cabina del piloto portando un paracaídas y dio precisas instrucciones para uso en el caso de una posible caída al océano Atlántico.

Las palabras de la hermosa auxiliar produjeron en Ángel un miedo profundo. Explicable como deberían luchar contra el peligro: había que romper una de las ventanillas y saltar al vacío – y – solo entonces abrir el paracaídas, siguiendo estrictamente las instrucciones.

Fueron momentos terribles que pasó Ángel en su regreso de China, kilómetros de kilómetros con un miedo espantoso y ya en el colmo de su psicosis, se agarró con desesperación de su mujer. Albertina, que con una gran serenidad lo miraba, le dijo tratando de consolarlo: “¡Que importa la caída, si morimos juntos!. Él respondió con una tétrica sonrisa reclinando la cabeza sobre el hombro de su valiente mujer. Más cuando el cuadrimotor comenzó a atravesar el Atlántico y la hostess ofrecía champaña, cognac, whisky y toda clase de exquisiteces, su pavor renació, pensando en una última opípara cena de los condenados a muerte y medio desvanecido continuó su viaje.”

Venciendo sus temores Cruchaga escribe Lanzamos los aviones/ En la loca conquista de los mundos/ Cantan las hélices dividiendo el día/ ¡Iremos a las playas de Saturno!”.[20] Los lanza y va en ellos. Y se le aprecia contento.

Incluso describe al objeto de sus miedos.

AVION Explorador azul, buzo del cielo sembrador de estrellas que deshojas el día con la hélice sobre tus alas, Ícaro solloza. En el viento restallas como el océano en torno de las islas. La ciudad te contempla desde sus torres de silencio y oro, y tú, volantinero de la luz, desmenuzas los puntos cardinales. Cuando la tarde hace cantar los vidrios de los barrios humosos y en los arboles pobres llora el mundo desciendes del espacio y en tu hélice el sol se vuelve gris Explorador azul ¿viste en el cielo a Elías en su carro fulgurante sembrando estrellas? Caes sobre el llanto. Y cuando quedas en la sombra inmóvil y se hacen tenebrosos los discordantes mares taciturnos el cielo arremolina sus infinitas hélices de oro [21].

Cruchaga siente la “soledad del hombre último, cuando hayan muerto las ciudades y los pueblos/ y sobre las tumbas ya no vuelen los pájaros/ ni los aviones azoren locos el firmamento. Por eso quizás Icaro solloza en su pluma. El poeta de la tristeza llora por la España que se desangra. Por la España en la que Stalin, Hitler y Mussolini con sus naves aéreas se enfrentan en cielos ajenos, sobre pueblos ajenos y sobre gentes ajenas, sobre Guernica y su centenar de muertos que poco después serán cien mil en Dresde, para los que no habrá ningún cuadro. Sólo el silencio.

Aureola para la villa de Guernica En el aniversario de su martirio   Vino la muerte, vino el turbión de las lágrimas, los mercenarios fríos que aventaban la sangre y desde los aviones una selva de llamas descendió sobre el puro tornasol del paisaje.  Niños españoles   Y vosotros los niños detuvisteis la rueda del corazón, y el cielo se ponía más triste. Manchaban los aviones el aire de la esfera y florecían cruces de fuego los jardines.  

Es la guerra y su secuela de orfandades y ladrillos caídos la que traerá al poemario nacional al primer avionista, el mismo año que el teniente Dagoberto Godoy transmonta Los Andes. Chile festeja. La “Travesía de los Andes en aeroplano” lo titula la prensa capitalina que hojas más adelante da cuenta de la llegada del presidente Woodrow Wilson a Francia para las negociaciones de Paz que dan el fin a la guerra mundial. Es diciembre de 1918.

Huidobro que la ha vivido sabe que 
Aquel ruido que se acerca no es un coche
Sobre el cielo de París
Otto Von Zeppelín
Las sirenas cantan
Entre las olas negras
Y este clarín que llama ahora
No es un clarín de la Victoria
Cien aeroplanos
Vuelan en torno de la luna
Apaga Tu Pipa
Los obuses estallan como rosas maduras
Y las bombas agujerean los días.

Víctor Domingo Silva, nace bien al norte de Neruda, es oriundo de Tongoy pero diputado por Atacama; publica sus mejores poemas cuatro meses antes, en agosto de 1918. En la parte tercera, “Odas i Arengas” exalta la participación de los Estado Unidos, condena el paso a sangre y fuego de Alemania por Europa, como D’Annunzio “En el Cielo de Italia… En el Cielo de Francia… En el Cielo mío y no de Alemania”, pero pese a ello se declara un hombre del siglo y es, hasta donde mi radar lo puede detectar, el primer poeta avionero, el primero que trae al artefacto de Ader y de Martinic a las letras de Chile.

UNITED STATES FOR EVER I bajaba del cielo, de ese cielo glorioso en que estampó su mágica rúbrica la aviación,-Un diluvio de lágrimas de sangre que oscurecía el Sol De entre el tumulto horrendo de la jente homicida i el siniestro fragor de bombas i torpedos, de taubes i zepelines. 
EISEN UND BLUT…las aulas, las usinas… desmanes de la tropa entre la masa inerme – lo inicuo, lo nefando- i, en competencia trájica, los aviones trazando parábolas de fuego bajo el cielo de Europa.
NUESTRO SIGLO toda la inteligencia de los hombres absorbida en la estúpida tarea de matar los pájaros mecánicos en lo alto los siniestros nautilus bajo el mar[22]

  Víctor Domingo silva según Magallanes Moure

Alfonso Reyes Mesa que es periodista en años de guerra, sabe que “un AVION filma inquietudes/para la GUERRA MUNDIAL/ mientras la brújula picotea el/ NORTE/ como un pájaro hambriento”.[23]

Nicanor Parra en cambio, antes de ser antipoeta, entonó el Himno Guerrero, que es en realidad un llamado a la paz, escrito entre la guerra civil y la mundial. En ese canto, al final, aparece su primer avión.

No se detengan aviones ni campanas,
que a lo lejos aúllan
los aguerridos Angeles del alba.

El segundo es un avión entre místico e irreverente   
Tarde o temprano llegaré sollozando
a los brazos abiertos de la cruz
Por ahora la cruz es un avión.
una mujer con las piernas abiertas.[24]

Con todo, faltaba un poeta que avionara un avión. Estaba creciendo en los campos de Ñuñoa, cerca de la chacra en la que voló el primer aparato el 21 de agosto de 1910. Llegaría la edad a la que Diego Barros Ortiz ingresaría a la Escuela Militar de la que egresaría como subteniente de artillería y le solicitaría a su tío, Arturo Merino, por entonces jefe de la aviación militar, su ingreso a la Escuela de Aeronáutica Militar. Y allí estaba el aspirante a Icaro el 18 de noviembre de 1929, observando las maniobras que su amigo y compañero de curso Carlos Shell Gubert efectuaba sobre la pista de El Bosque. De pronto “mi amigo cayó rendido en su avión con el mismo vaivén de una hoja en la tormenta. Sufrí un terrible impacto; era el primero en morir en nuestro curso, sus veinte años eran nuestros veinte años, sus sueños fueron nuestros sueños. Por él se escribió Camaradas, versos que nos repetían “camaradas en la vida y en la muerte, camaradas”. Agrega Barros que alguien se apresuró en mostrárselos al comodoro Merino. “Estaba por nacer la Fuerza Aérea. Era un maravilloso alumbramiento de alas y hélices unidas en un solo haz. Me dijo el Comodoro, busquemos teniente un músico para ellos. Será el himno de la nueva Fuerza Aérea”.

HIMNO DE LA FACH CAMARADAS 1929[25]  HIMNO DEL GRUPO DE AVIACION N°1 1930 Estribillo  tte. Raúl MariottiHIMNO DEL GRUPO DE AVIACION N°5  1944[26]
Con las alas enarcadas en suprema sed de cielo dejaremos, camaradas cualquier día la legión. El rumor de los aviones quedaráse en la hondonada fusionado en el recuerdo de la madre y de la amada en el cofre de oro viejo que quedó en el corazón.   CORO Camaradas, camaradas en la vida camaradas en la vida y en la muerte no olvidemos que la gloria se ha prendido en el avión. No olvidemos que la gloria se ha prendido en nuestro avión.   II Revivamos en las alas de la vida, compañeros, ese vuelo sin escalas todo azul de inmensidad y esperemos siempre alegres, siempre unidos, siempre hermanos, la fantástica batida de los cóndores lejanos que vendrán desde lo alto a llevarnos Más Allá.   III Con las alas enarcadas en quimérica bandada dejaremos, camaradas, uno a uno la legión; el rumor de los aviones lo oiremos en los astros volaremos en las noches como un gran tropel de albatros siempre alegres, siempre unidos, en fantástica visión.Aguilas blancas de la pampa, bandada audaz de juventud, Jinetes que cabalgan el relámpago Grupo Uno… ¡Salud!   El sol ardiente del desierto les ha dorado el corazón y por ustedes aviadores grandes, altivos, soñadores, rueda en la noche una canción.   ¿Quien al verlos pasar, alto, muy alto, como cisnes que emigran de un lugar vuelta al cielo la cara iluminada siguiendo el paso azul de la bandada no ha sentido el anhelo de volar?   Y si la Patria, alguna mano quiere alevosa partirle el corazón se oye en los cielos, sorda cabalgata y cual si fuesen cóndores de plata irrumpe de las nubes la Legión.   Aguilas blancas de la pampa, bandada audaz de juventud, Jinetes que cabalgan el relámpago Grupo Uno… ¡Salud!  Con jirones de cielo en las alas bajo un mismo glorioso pendón con sus sueños azules de altura nuestro grupo es señero de acción.   Azotado por lluvias y vientos y engarzado entre selvas y mar es un rojo copihue prendido en la brava y austral soledad.   Trajo el viento canciones de islas invitando al piloto a volar y en Chamiza las alas de plata iniciaron su vuelo triunfal.   en Lagunas, Palena, Coyhaique, en Aysén, Río Cisnes y Ancud van las alas audaces del cinco extendiendo la patria hacia el sur.   Sea nuestro lema como una oración: “Sea nuestro rumbo la superación. Anide en las almas   Sublime inquietud llenemos de gloria Nuestra Cruz del Sur”.  

Después vendría su carrera de aviador hasta su generalato al frente de la institución. Un poeta al frente de una Fuerza Aérea, el sueño de D’Annunzio.

Como Barros, algunos camaradas siguieron sus pasos. Enrique Flores menciona a los tenientes Julio Torres, Luis R. Alarcón y Arturo Meneses autor éste de La última batida.

Yo quisiera, camarada, morir
como tú has muerto,
purpureando con tu sangre el
verdor de la pradera;
y hacer canción de ofrenda de mi
pobre cuerpo yerto;
Ante Ia cuna aún tibia de una
bella primavera.
Y marcharme de
sencillamente,
sonriéndole a la parca con un
dulzor de amigo

César Lavín va un poco más lejos y publica un libro, » Verticales» (1939) y Guillermo Marín Rodríguez  que aporta la letra del himno de la Escuela de Aviación. Son poetas humildes, tripulantes de aeropoemas que a duras penas sobrevuelan el olvido, como el joven copiapino Romeo Murga que a sus diecinueve años de edad se enfrenta con valentía solitaria al futurismo de Marinetti o al aeroplano huidobriano o al superavión de Marín[27]. Amigo de una infinidad de poetas de la generación del 20, Pablo Neruda entre ellos, pero a su temprana muerte, silenciosa, solo lo recordará Angel Cruchaga con su sempiterna tristeza. Aquí vino a morir Romeo Murga/ pálido joven de cristal herido. Aun así no dejo de admirar la sencillez de su mensaje contra el olvido.

Mi voz ungida en suavidades
irá a través de las edades
como el rumor de un claro río.

HIMNO DE LA ESCUELA DE AVIACIÓN CAPITAN MANUEL AVALOS PRADO   Con la vista clavada en los cielos con el alma henchida en el pecho, iniciemos, camaradas, el vuelo, levantando el avión hacia el sol.   Sentiremos el espacio infinito columpiarse lejano y fugaz, mientras suben las alas de plata a lo largo de un rayo de luz.   Hermanados al azul y a la brisa, cruzaremos con las alas abiertas, sobre selva, montañas y valles y también sobre rizos de mar.   En las rutas glamorosas de estrellas, que iniciaron otros hombres del aire, forjaremos unidas al corazón ¡Las dos alas de ensoñación! ¡La hermandad tricolor de la estrella! ¡La chilena Legión Juvenil que enarcadas sus alas etéreas, forjará para Chile el Honor!   Elevemos, camaradas, el vuelo, sobre un suelo laborioso de paz, proyectando en la tierra sagrada ¡la silueta de la libertad! En el aire, sobre el arma, en la tierra y al tronar del cañón en el mar, cubriremos a la Patria amagada, ¡Y sabremos por Chile morir!  

Pablo Neruda llega fugazmente a los aviones una tarde de 1959 tripulando sus Cien Sonetos de Amor. El LXXII.

Irnos! Hoy! Adelante, ruedas, naves, campanas,
aviones acerados por el diurno infinito
hacia el olor nupcial del archipiélago                 
o en el soneto XIX         
De petróleo y naranja es su arco iris,
busca como un avión entre la hierba
Y para que no queden dudas, afirma categórico en el XCVII 
Hay que volar en este tiempo, a dónde?
sin alas, sin avión, volar sin duda


Luego en 1966 escribe su Arte de Pájaros en el que no hay aviones ni aeroplanos. Hay aves.
Pero lo interesante de la pequeña aviación nerudiana vendrá en el libro de las preguntas.
Por qué los inmensos aviones
No se pasean con sus hijos?
Cuál es el pájaro amarillo
Que llena el nido de limones?
Por qué no enseñan a sacar
Miel del sol a los helicópteros?
Dónde dejó la luna llena
Su saco nocturno de harina?

No dice mucho más. ¿Interesante porque lo dice Neruda? Podría ser.

Pero lo que realmente me importa es que introduce al helicóptero. Una nave que Rojas carga con la historia dramática, traumática, de una Patria partida, sangrante.

Ahí anda de nuevo el helicóptero dándole vueltas y vueltas a la casa,
horas y horas, no para nunca
el asedio, ahí anda
todavía entre las nubes el moscardón con esa orden
de lo alto gira que gira olfateándonos
hasta la muerte.
Lo indaga todo desde arriba, lo escruta todo hasta el polvo con sus antenas
minuciosas, apunta el nombre de cada uno, el instante
que entramos a la habitación, los pasos
en lo más oscuro del pensamiento, tira la red,
la recoge con los pescados aleteantes, nos paraliza.
Máquina carnicera cuyos élitros nos persiguen hasta después
que caemos, máquina sucia,
madre de los cuervos delatores, no hay abismo
comparable a esta patria hueca, a este asco
de cielo con este cóndor venenoso, a este asco de aire
apestado por el zumbido del miedo, a este asco
de vivir así en la trampa
de este tableteo de lata, entre lo turbio
del ruido y lo viscoso.

Otras veces también quebramos la Patria. Como Sísifo cada tanto la empujamos a la cima para dejarla caer envuelta en odios y resentimientos. Los aeropoetas registran el paso pesado de la roca hacia arriba o hacia abajo. Jacobo Danke es uno de ellos que le canta al 4 de Junio de 1932, al golpe de estado que derribó la frágil democracia del presidente Juan Esteban Montero y celebra el advenimiento de la llamada “República Socialista”.

Era el 4 de Junio.
Reventaban de exasperación los corazones
al sentir que los élitros de los aviones
se abrazaban al latido de su infortunio.
iEra el 4 de Junio! iEra la aurora!
iEra la patria socialista, la del que sufre.[28]

Camino por la losa del aeropuerto hacia el último hangar, hacia los últimos aeropoemas. Paso por entre los fierros retorcidos de Enrique Lihn ….   esos que se electrizan cuando cae un avión y
mueren todos
sus pasajeros, cuando el corresponsal
de guerra capta al vuelo lo peor de una masacre
y muere él mismo[29]
Más allá están los escombros de Oscar Hahn  Estrellaste tu avión contra mi torre
y yo mi avión contra la tuya
Eso fuimos los dos:
torres gemelas que se desplomaron
torres en llamas que se hicieron escombros[30]

Cuando los veo, no puedo evitar el recuerdo de las palabras de Alberto Santos Dumont en el salón de honor de la Universidad de Chile en 1916 “Estoy seguro que los obstáculos presentes de tiempo y distancia serán vencidos. Las ciudades aisladas de Sudamérica entrarán en contacto con el mundo de hoy día. Los países separados se encontrarán a pesar de las barreras de montañas, ríos y bosques.”[31] Me pregunto si alguna de las víctimas de las Torres Gemelas o los terroristas voladores sabrían para que Santos Dumont inventó el avión, si Santiago, una de las ciudades aisladas, agradecida por su invento le obsequió una calle que un alcalde hizo desaparecer para homenajear a otro desaparecido?

Sigo mis pasos por la losa del aeropuerto hacia el último hangar, es uno místico, donde al decir de Di Girolamo, vive el infinito que nos envuelve y que nos invita, donde la poesía y la mecánica se tocan, pues no existe nada que las separe. Cuando entro, una sámara entra conmigo. Esa semilla alada que gira en el espacio como el helicóptero de  Leonardo.

Y allí lo encuentro. Joaquín Alliende[32] anda entre sus helicoptesías porque es un helicoptoeta pero me regala un avión.        

EL AVIÓN   Detrás de esta lluvia aterriza un avión, yo sé que Dios existe porque arriba el avión.   Yo sé que algo vuela porque aun si nada volara, nada lloviera, existiría mi Dios.  

Tele-Visión de un Helicóptero de Kuwait  ¿es un molino que gira,
es Rocinante en el aire?
¿busca petróleo en el Golfo,
tiembla cual niño in extremis?
¿va a una guerra en Arabia,
Matará a Ismael en la arena?
¿o es el Gólgota en vuelo
por la cruz de sus aspas?
¿o tal viento de polvo, tal ruido,
es Pentecostés en la rabia?
¿o te llevas el mundo, Paráclito,
a la sala del parto, Helicóptero?

Invitación
El helicóptero despliega
dos alas de oro
entre los chopos.
Y trémulo se eleva
subiendo presuroso
la escala del otoño.

Entre Nubes  
El violín y el helicóptero
son mis naves Preferidas.
Oleaje de Mozart.
Alaje de cruz en aspas.

Volante           
el helicóptero vuela, cruz de alas
el helicóptero tiembla como hombre verdadero.
La sámara busca la tierra haciendo espirales en el aire. Alliende hace espirales que se atornillan en el alma.

Llego al final de mi recorrido. Miro a la cabina. No sobra ninguno, me dice la auxiliar, aunque faltan los faltantes. Lo siento digo, que tomen el avión siguiente. El mío ya está lleno de poetas y debo partir. La pregunta inicial ya no me interesa.

Bibliografía

Salvo las fotos de las esculturas que yo las tomé y un par de libros de mi estante, todo el resto está en internet.


[1]     Gran parte de la obra del poeta alemán Friedrich Rückert (1788 – 1866) fue musicalizada por Franz Schubert, Robert Schumann, Johannes Brahms y Gustav Mahler quienes compusieron numerosas lieder, como en este caso la lied Doce Poemas de “Amores de Primavera”  Op.37 de Robert Schumann.

  POEMA 8   ¡Alas! ¡Alas para volar sobre montañas y valles! ¡Alas, para mecer mi corazón sobre los rayos de la mañana!   Alas, suspendido sobre el mar con el rojizo amanecer. Alas, alas sobrevolando la vida, la tumba y la muerte Alas, como ha tenido la juventud, que huyó de mí volando. Alas como las de las sombras de la felicidad ¡que engañaron mi corazón!        Alas, para volar a los días que pasaron. Alas, para buscar la felicidad, que se fugó en el viento.   Alas, igual que los ruiseñores, cuando florecen las rosas en la tierra donde la niebla reina, ¡e ir tras ellos! ¡Alas! ¡Alas!   ¡Ay! de las playas del destierro donde ningún barquichuelo se ve. Alas, alas hacia la tierra natal ¡donde resplandece la corona!   Libertad, como las mariposas que emergen de sus crisálidas, cuando se extienden las alas del espíritu ¡y la envoltura desaparece!      Frecuentemente en el silencio de la medianoche me siento elevar en las alas de los poderosos sueños hacia los portales de las estrellas.   Pero el plumaje surgido en las noches fragantes desaparece, y me veo nuevamente en la brisa de la mañana.   Quemadas por el sol las alas se deshacen, Ícaro se precipita al mar, y la efervescencia de sus sentidos gira sobre su espíritu.  

[2]      

  “Avión”   ¿Qué habéis hecho, franceses, con Ader el aéreo? Una palabra era suya, ahora ya nada.   Aparejó los miembros de la ascesis, en la lengua francesa entonces sin nombre, y luego Ader se torna poeta y los llama avión.   Oh pueblo de París, vosotros, Marsella y Lyon; todos vosotros, ríos y montañas francesas, habitantes de ciudades y vosotros, gentes del campo… el instrumento para volar se llama avión.    Dulce palabra que habría encantado a Villon; los poetas venideros la pondrán en sus rimas.   No, tus alas, Ader, no eran anónimas cuando llegó el gramático a dominarlas, a fraguar una palabra erudita sin nada de aéreo donde el pesado hiato y el asno que le acompaña (aeroplane) componen una palabra larga, como un vocablo de Alemania.   Se requería el murmullo y la voz de Ariel para denominar el instrumento que nos lleva al cielo. El quejido de la brisa, un pájaro en el espacio, y es una palabra francesa que pasa por nuestras bocas.   ¡El avión! Que suba el avión por los aires, que planee sobre los montes, que atraviese los mares y aún más lejos se pierda.   Que trace en el éter un eterno surco, pero guardémosle el nombre suave de avión, pues de ese mágico mote sus cinco letras hábiles tuvieron la fuerza de abrir los cielos móviles.   ¿Qué habéis hecho, franceses, con Ader el aéreo? Una palabra era suya, ahora ya nada.  

[3]     Mateo Martinic B. “Patagonia de ayer y de hoy”  1980

[4]     El macropoema es aún visible en Google Earth: 24°2’49»S   70°26’43»W

[5]     Vittorio de Girolamo en DGAC en el Arte, Santiago 2001

[6]     Andrés Sabella, 1912 – 1989. Los Volantines, 1945

[7]     Miguel Arteche (1926-2012). “Aeropuerto” en  Noches, 1976

[8]     Alfonso Leng compuso el poema sinfónico La muerte de Alsino, inspirado en la novela poética de Pedro Prado. La obra fue estrenada el 20 de mayo de 1922 en el Teatro Municipal de Santiago bajo la dirección de Armando Carvajal.

[9]     Pedro Prado (1886-1952) Premio Nacional de Literatura 1949. “El vuelo” en Pájaros errantes, 1915

[10]    Pablo Neruda (1904 – 1973) Premio Nacional de Literatura  1945 y Nobel 1971. El Vuelo, Arte De Pájaros – 1966

[11]    Gonzalo Rojas, 1917 – 2011, Premio Nacional de Literatura 1992. poema “Voyager” (1984) y Carta a Huidobro, 1993

[12]    Vicente Huidobro (1893 – 1948)  Horizon Carré, 1917   

[13]    Vicente Huidobro,  Altazor o el Viaje en Paracaídas, Madrid 1931

[14]    Juan Marín, Poeta, médico y diplomático, novelista y ensayista (1900 – 1963)

[15]    Juan Marín, Mecánica, 1929

[16]    Juan Marín  SPIN – 1929  (fragmento)

[17]    Pablo De Rokha (1894 – 1968) Premio Nacional de Literatura  1965.  Satanás 1927

[18]    Gabriela Mistral. “Balance de la hazaña americana.  Una reivindicación yanqui”. Paris 1927   

[19]    Vicente Huidobro, Canto a Lindbergh. 1927

[20]    Angel Cruchaga Santa María  (1893 – 1964) Premio Nacional de Literatura 1948. Avión, El Viaje, Soledad del Hombre último, Aureola para la villa de Guernica y Niños españoles  en: La hora digna- 1946

[21]    María Lefebre, Anécdotas y recuerdos de un siglo. Versión digital. 

[22]    Víctor Domingo Silva (1882-1960) Premio Nacional de Literatura 1954 y de Teatro 1959.  United States For Ever, Eisen und blut  y Nuestro Siglo  en Las mejores poesías1918.

[23]    Alfonso Reyes Messa (1909-1969) Super Dreadnought, 1940

[24]    Nicanor Parra (1914 – 2018) Premio Nacional de Literatura  1969. Himno Guerrero 1939 y La Cruz.

[25]    Camaradas fue musicalizado en 1930 por Francesco Piccione. Posteriormente Angel Ceruti lo recompuso en 1934.

[26]    Diego Barros Ortiz (1908​ – 1990) fue un autor prolífico en versos y prosa. Además de los mencionados escribió otros versos e himnos con motivos aeronáuticos. Brindis (1934) Epitafio (1935) Himno del Grupo 4, música Javier Rengifo; Himno del Regimiento de Artillería, Himno de la Escuela de Tiro y Bombardeo, Piloto de Guerra, Himno de la Aviación Civil (1941) Himno del Club Universitario de Aviación (1945).

[27]    Romeo Murga (1904-1925) «Divagaciones sobre Poesía» y  Jorge Teillier en Taller de Escritores de la Universidad de Concepción Romeo Murga, Poeta Adolescente, Atenea, año XXXIX

[28]    Jacobo Danke (1905-1963) Oda al 4 de Junio (fragmento)1932

[29]    Enrique Lihn (1929 – 1988) La Calva 1989

[30]    Oscar Hahn (1938) Premio Nacional de Literatura  2012. Torres Gemelas 2013

[31]    Alberto Santos Dumont, discurso inaugural de la Primera Conferencia Panamericana de Aeronáutica, marzo 1916.

[32]    Presbítero Joaquín Alliende Luco (1935)poemas  Tele-Visión de un Helicóptero de Kuwait, Invitación y Entre Nubes en Clavel del Aire 1999, y Volante, Sámara 2002

Alberto Fernández Donoso

Alberto Fernández Donoso perteneció a la Dirección General de Aeronáutica Civil, fue Controlador de Vuelo y más tarde Jefe de Relaciones Públicas de su Institución. Durante su carrera fue un activo investigador de la historia aeronáutica de nuestro país, lo que le permitió escribir "La Aviación en Magallanes" (1994); el libro institucional "Ese Singular sentido de proteger al Vuelo" en dos tomos (2001); "DGAC en el Arte" (200; "Presencia Europea en la Historia Aeronáutica de Chile"(1999) y otros libros vinculados a la historia aérea. Chile Crónicas agradece al autor su autorización para publicar este interesante artículo en nuestra página, el que fuera publicado en el N° 4, abril de 2018 de la revista AEROHISTORIA del Instituto de Investigaciones Histórico Aeronáuticas de Chile.

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