Alejo Williamson Dávila

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De tiempo en tiempo las noticias suelen impactarnos.  Ayer 5 de junio de 2014, por la mañana tomamos conocimiento que Alejo Williamson; Don Alejo, como le llamábamos, había partido en el último vuelo de su Blanick legendario, a concluir la misión de domar el espacio aéreo, de elevarse con las corrientes ascendentes, de sentir el fluido del viento a través de la cúpula transparente, de sentir el aroma soleado de la libertad de volar por el horizonte infinito, sin más energía que el viento y sus conocimientos innatos sobre las térmicas y sus maravillosas proyecciones.

Perdemos al último gran pionero de la conquista del macizo andino; perdemos a un gran amigo, a un hombre sencillo y admirable, que relataba su hazaña como un hecho común que le había tocado vivir en la vida.

Como hemos dicho en más de una crónica, la conquista de la Cordillera de los Andes por sus altas cumbres mereció el empuje, el idealismo, el patriotismo y el ánimo de victoria por parte de quienes lo emprendieron.

Varios cayeron antes de cumplir la odisea, otros sufrieron graves accidentes, pero ello no fue motivo de terminar con los intentos. Todos querían tener el privilegio de ser los primeros en lograrlo, pero pocos fueron los que en sus inicios lograron la proeza.

No es momento de nombrar a victoriosos ni vencidos, sólo queremos recordar que este hijo de San Bernardo, nacido el  17 de junio de 1925, tuvo el privilegio de convertirse en el primer aviador que conquistaba los Andes por las altas cumbres en planeador.

El 12 de diciembre de 1964 fue el día elegido por Don Alejo  para hacer el intento, que afortunadamente lo llevó a la cumbre cordillerana y allí señor en su Blanick L13, emulando al legendario Daboberto Godoy, enfiló rumbo a Mendoza, aterrizando en horas de la tarde en el aeropuerto  Plumerillo de esa ciudad.

En más de alguna ocasión nos relataba el término de su vuelo. “El planeador no tenía radio, por lo que aterricé, estacioné el planeador y luego me dirigí a la entrada del aeropuerto. Había allí varias personas, incluso un oficial de Ejército, pero no me tomaron en cuenta. Luego de un momento me dirigí hacia él y le manifesté que venía de Chile y que había cruzado la cordillera en planeador. En un principio no me creyó, hasta que del aeropuerto consultaron a Lo Castillo y pudieron dar fe de lo que yo decía. Por la noche escuché las noticias de la radio y me enteré que en Chile y especialmente Santiago había una gran expectación por la hazaña que había realizado”.

“A mi regreso fui recibido por el Presidente Frei Montalva y por el pueblo de Santiago, que me ovacionó al paso de un automóvil descubierto en el que me pasearon por algunas calles de la ciudad”.

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Así, simplemente relataba su hazaña Don Alejo, la que solía acompañar de anécdotas interesantes, divertidas, con esa simpleza, caballerosidad y parsimonia que le eran características cuando de hablar de él se trataba.

A contar de esa fecha y por muchos años su casa mantuvo puertas abiertas para quien quisiera ir a saludarlo el día 12 de diciembre. Hasta allí llegaban amigos, pilotos, periodistas y autoridades y a todos recibía por igual.

Este año se cumplirán 50 años de la hazaña de transmontar la cordillera en un aparato sin motor entre Santiago y Mendoza. Don Alejo esperaba celebrarlo con la mayor dignidad, pero lamentablemente el destino quiso otra cosa; solamente será el gran ausente, el espectador que de más allá de las nubes nos recordará que hubo un hombre de agallas que se atrevió a hacer lo imposible hasta ese momento y que gracias a su esfuerzo y dedicación logró formar una apreciable cantidad de pilotos de planeador, que sin duda recordarán toda la vida a este pionero de carácter sencillo, ameno y entretenido cuya gran pasión fue la de volar buscando competir con los cóndores en su lucha por lograr las más favorables energías de Eolo.

Héctor Alarcón Carrasco

Escritor e investigador. Especialista en Historia Aeronáutica y Ferroviaria. Autor de diversos libros.

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